miércoles, 22 de octubre de 2008

HINCHAS ¿SOMOS O NOS HACEN?

El fútbol en la Argentina no deja de sorprenderme, me cautiva y me suelta de prepo, cuando estoy adentro de un estadio me masifico, para luego sentir muchas veces una doble sensación: que trepa en pasión y me desnuda en vacío, una ambivalencia de sentimientos que para bien o mal me llevan a un estado de alerta cuando vuelvo a casa para preguntarme y repreguntarme ¿qué tiene de bueno ser hincha? ¿Qué le aporta a mi vida?, siento un tironeo desproporcionado que sacude mi rutina llana y aunque más de un vez propuse liberarme de los nervios dominicales para gambetear ese circo donde unos pocos payasos hacen malabares con mis ilusiones, termina siendo siempre inútil, porque cada domingo soy el primero en levantarse, encender la radio, leer el deportivo e ir a la cancha para alentar al club de mis amores.


Cómo no recordar aquella película "El Hincha" del gran Discepolín, cuando ‘el Ñato’ suelta una reflexión memorable en la que pregunta y dice “¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones en las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada?... ¿y el hincha qué? ¿no resuelve nada? ¿Qué sería de un club sin el hincha? una bolsa vacía, el hincha es el alma de los colores, el que no se ve, el que se da todo sin esperar nada, eso es el hincha, eso soy yo.”


¿El fanatismo del hincha es inducido o genuino? Muchos podrán afirmar que es inducido por los dirigentes del fútbol. Las cartas están en el mazo. Quienes tienen el poder, cada vez que toman decisiones, reparten las cartas y luego nosotros decidimos cómo jugarlas. Si bien nuestra decisión repercute individualmente en uno mismo, son las decisiones de los grandes nombres las que tienen verdadera importancia, las que mueven los rumbos, las que timonean este barco que es el fútbol, donde uno es un mero pasajero que disfruta (o no) del viaje.


Creo, para dar un ejemplo, que la violencia en el fútbol se puede erradicar pero la complicidad entre los protagonistas es tan fuerte que solamente será posible cuando todas las partes hagan su aporte. Me da mucha bronca cuando los mismos padres de este mal limpian sus culpas ante la comunidad de hinchas, con discursos banales e hipócritas que apuntan a esta frágil sociedad argentina como artífice de todos los daños hacia la familia del fútbol. No voy a ser tan necio en no admitir que hace falta educación. Pero la palabra ‘educación’ es tan amplia, que a algunos les conviene utilizarla como primera premisa para desligarse de sus compromisos y responsabilidades. Mi opinión es que los violentos hacen rebalsar un vaso previamente ubicado y llenado por los protagonistas oscuros que viven del negocio del fútbol. Es un juego muy sucio donde los hinchas siempre perdemos. Cuando hablo de protagonistas oscuros, me refiero al lado oculto y desleal de los jugadores, técnicos, comisiones directivas, empresarios, representantes, árbitros, policías, barrabravas, medios de comunicación, autoridades de la AFA, del gobierno y de la FIFA, entre otros.


Es así como pienso, y no creo ser el único. Me agarro la cabeza y me digo a mi mismo ¿qué necesidad hay de seguir alimentando a estos delincuentes? Leo en las noticias sobre partidos arreglados, barrabravas que viven en mansiones, policías que dejan zonas liberadas, técnicos que firman contratos bajo la condición que sus hijos (sin nivel de primera) formen parte del grupo de jugadores con presidentes que avalan este tipo de incoherencias, jugadores que no entrenan y que sin embargo cobran fortunas, mundiales arreglados, etc. Sigo profundizando en estos temas y entro en ese vacío que les mencionaba antes, que se agudiza cuando mi club es el centro de los problemas. Los resultados también movilizan al hincha y a su estado de ánimo, pero eso es otro tema.


Acá estoy, con tantos temas personales por resolver y mirando un partido de fútbol entre un equipo ignoto de Italia enfrentando a otro similar de Suiza en el que juega un argentino que participó apenas en un puñado de partidos en nuestro país, pero es argentino y me tienta a alentarlo. Salgo a la calle y mientras espero que el semáforo se ponga en verde me distraigo viendo un picado en la plaza entre unos pibes que probablemente se ratearon del colegio. Hago un par de cuadras, un local que vende televisores llama mi atención mostrando en sus 10 televisores goles de Batistuta en la Fiorentina y me detengo por un rato a disfrutar del pasado. No pasa un minuto que escucho a mi lado un paseador de perros que dice ‘qué grande el Bati, cómo lo extrañamos’, comentario que hace reaccionar a un jubilado que mientras acomoda sus anteojos le responde ‘extraño al loco Houseman, Angelito Labruna, Marito Kempes, Mamucho Martino, esos tipos sí que nos hacían divertir’.


En un país tan futbolero como el nuestro, la voluntad del hincha está por encima de todas las cuestiones extrafutbolísticas. Al hincha no le importa si Orteguita manejó borracho o si llegó tarde al entrenamiento, solamente le interesa ver jugar a su equipo el domingo. El hincha quiere desahogarse en la tribuna, depositar en sus colores las frustraciones o los anhelos jamás alcanzados, unir en un solo canto las voces de miles de ilusiones. El hincha disfruta del folclore barrial, las cargadas de la semana, ganar los clásicos. Podrán inducirlos en Estados Unidos pero en Argentina la mayoría de los hinchas llevamos esa pasión en la sangre y aunque los de arriba tienen el timón en la mano, en Argentina todos nos queremos subir al barco, porque lo que uno siente en las tribunas no se compara con nada en la tierra, aunque bien sabemos que es un viaje peligroso y no todos los barcos son lo que parecen.



miércoles, 15 de octubre de 2008

Día de la Raza. Día de la Hispanidad

Como cada 12 de octubre, estamos conmemorando un nuevo aniversario del descubrimiento de América. Recordemos que el nombre ‘América’ aparece como reconocimiento al navegante italiano Américo Vespucio, quien para ser sinceros, habló más de lo que hizo, pero tanto alarde de sus viajes conmovió e impactó al cartógafo Martin Waldseemuller, quien denominó ‘América’ al nuevo continente en uno de sus mapas y desde entonces, todos lo hacemos de igual modo.

Un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubrió de manera oficial unas islas que con el tiempo pasaron a conformar el centro del nuevo continente. Comenzaron siendo el ombligo de las nuevas tierras, el punto de partida de una nueva civilización, la puerta hacia un lugar desconocido… rico, novedoso, soñado. Hoy brillan por ser islas y porciones continentales de gran atractivo turístico gracias a sus playas, padeciendo economías flacas y sociedades más bien pobres, que reflejan comunidades que día a día sufren los resabios de haber sido colonias exprimidas durante varios siglos, maltratadas por dictaduras y dirigidas por gobernantes que hasta hoy parecen haber heredado aquella mentalidad explotadora, insensible y autoritaria de los primeros conquistadores.

A partir de aquel 12 de octubre, en pleno Renacimiento, cuando el hombre europeo se creía dueño del mundo, del tiempo, del espacio, del presente y del mismo destino, comenzarían a arribar cientos de conquistadores hambrientos de gloria y de aventuras de ultramar, para demostrar con hechos que se venían tiempos de grandes cambios para todos (inventos científicos, avances tecnológicos, descubrimientos de nuevas tierras).

La biblia le dedica su último capítulo al Apocalipsis, escrita por Juan, uno de los seguidores de Jesús. En aquel relato, el autor cuenta detalladamente cómo será el final de nuestra especie humana. No sería exagerado mencionar aquel 12 de octubre de 1492 como una fecha bisagra para los aborígenes americanos, donde su destino se vio bruscamente alterado por la llegada de ‘civilizadores’ que a su vez estaban ‘evangelizando’. Fecha por demás apocalíptica para aquellos indígenas que tuvieron la desgracia de haber sido contemporáneos a los Reyes Católicos y a todas estas expediciones, que con el correr de los años fueron marcando uno de los más terribles genocidios de la historia de nuestra humanidad.

Como bien sabemos, la mentalidad europea triunfó por sobre la de los originarios de estas tierras. Impusieron sus ideas, sus costumbres, sus normas. Tomaron el control y dispusieron desde el gobierno medidas a su antojo. Los de tez blanca fueron, ni más ni menos, quienes escribieron la historia americana. Cada nueva generación americana, podía llegar a nacer con raíces predominantemente indígenas, pero inevitablemente crecería y se orientaría hacia el viejo continente, como si fuera su sol, su alimento.

Uno no puede imaginarse qué sería de esta actualidad con un continente americano cuyo desarrollo de los últimos cinco siglos hubiera estado organizado y liderado por comunidades indígenas. Las diferencias son notables. Hablamos de dos civilizaciones completamente diferentes que juntas jamás podrían haber funcionado. Triunfó la más fuerte. Será tarea de Dios juzgar a los mutiladores de cientos y miles de familias y comunidades aborígenes que ya no están.

La sangre de los argentinos se compone, predominantemente, por la unión de indígenas, africanos y europeos. La historia argentina, si bien tiene tinte de todos los colores, la pinaron mayormente los europeos. A diferencia de varios países del mundo, la Argentina supo convivir entre la pluralidad étnica, social y religiosa, sin entrar en conflictos xenofóbicos o de discriminación grave, que suele observarse en otras naciones.

¿Por qué esta armonía? No puedo dar la respuesta, pero sí algunas aproximaciones.
Desde sus inicios este país creció anhelando vivir a la europea. Todo tenía que ser como era allá. Así se fue generando una mentalidad en la que el blanco era importante para el desarrollo y el de color para servir. Muchos crecieron con esa mentalidad, aún hoy vigente en muy pocos hogares. Pasaron años y generaciones hasta poder convivir todos con todos. También es cierto que los mismos descendientes de africanos, junto a gauchos y otros marginados fueron encontrando su lugar en los suburbios, mientras que los de tez clara siempre eran muy bien recibidos en los principales centros urbanos.
La Argentina es un país tan centralizado en su capital, que todo lo que nazca a su alrededor, lo hará bajo la sombra de Buenos Aires. Se habla de un país federal y queda lindo decirlo, pero la verdad es que lejos está de serlo. Esto siempre ha sido así y las provincias son como esos hermanos menores que obedecen y respetan al mayor, pero nunca lo alcanzan. Ojalá algún día trascienda una provincia por encima de esta barrera, demostrando que en el interior del país no sólo hay lindos paisajes. San Luis y Tierra del Fuego son dos provincias encaminadas a lograrlo.

No voy a negar cierto resentimiento entre quienes nacieron en las provincias del interior y los porteños (habitantes de capital). Pero lejos están de parecerse a lo que ocurre entre el norte y el sur de Italia, entre Santa Cruz de la Sierra y el resto de Bolivia e incluso entre algunas regiones españolas. Las mayores posibilidades y oportunidades giran alrededor de la capital y tanto estudiantes como familias enteras de diferentes provincias, suelen acercarse a Buenos Aires en busca de mejores horizontes.

El tema religioso juega un papel importante, ya que la Argentina es un país principalmente católico. Al no coexistir dos o más religiones en una misma nación, se reducen y mucho los eventuales conflictos, que sí vemos que ocurren en otras latitudes, como en los Balcanes o en varios países de la península arábica.

Argentina, tampoco tiene tradición bélica. Históricamente, se ha dedicado más a defenderse que a atacar y por lo general supo hacerlo muy bien. Casi todas las batallas han sido internas y el poder militar siempre ha sido muy respetado por el resto de los paises de la región. La guerra de Malvinas fue un traspié, una experiencia que da cuenta de la poca tradición bélica y de la diferencia que separa a este humilde país de las grandes potencias mundiales, con mucha experiencia y que además invierten millones de dolares en armamento y estrategia militar.

El argentino tiene más coincidencias que diferencias pero todavía le cuesta verlas. Los peores vicios y defectos que desgastan a otros países en la Argentina no se ven. Su gente todavía conserva los valores que suelen desaparecer a medida que una civilización crece. La globalización hace más fácil advertir que los problemas en la Argentina son solucionables, que no son tan profundos como algunos vaticinan y más cuando uno se detiene a compararlos con otros paises igual o más desarrollados.

El 12 de octubre de 1492 nos hace recordar ese choque de culturas entre aborígenes y conquistadores europeos. Una fecha que cambió el destino del mundo. Los españoles la llaman el día de la Hispanidad, en Argentina es el día de la raza. Lo cierto es que esa fecha marcó el final para las civilizaciones aborígenes y el principio para la expansión europea sobre América.