Como cada 12 de octubre, estamos conmemorando un nuevo aniversario del descubrimiento de América. Recordemos que el nombre ‘América’ aparece como reconocimiento al navegante italiano Américo Vespucio, quien para ser sinceros, habló más de lo que hizo, pero tanto alarde de sus viajes conmovió e impactó al cartógafo Martin Waldseemuller, quien denominó ‘América’ al nuevo continente en uno de sus mapas y desde entonces, todos lo hacemos de igual modo.
Un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubrió de manera oficial unas islas que con el tiempo pasaron a conformar el centro del nuevo continente. Comenzaron siendo el ombligo de las nuevas tierras, el punto de partida de una nueva civilización, la puerta hacia un lugar desconocido… rico, novedoso, soñado. Hoy brillan por ser islas y porciones continentales de gran atractivo turístico gracias a sus playas, padeciendo economías flacas y sociedades más bien pobres, que reflejan comunidades que día a día sufren los resabios de haber sido colonias exprimidas durante varios siglos, maltratadas por dictaduras y dirigidas por gobernantes que hasta hoy parecen haber heredado aquella mentalidad explotadora, insensible y autoritaria de los primeros conquistadores.
A partir de aquel 12 de octubre, en pleno Renacimiento, cuando el hombre europeo se creía dueño del mundo, del tiempo, del espacio, del presente y del mismo destino, comenzarían a arribar cientos de conquistadores hambrientos de gloria y de aventuras de ultramar, para demostrar con hechos que se venían tiempos de grandes cambios para todos (inventos científicos, avances tecnológicos, descubrimientos de nuevas tierras).
La biblia le dedica su último capítulo al Apocalipsis, escrita por Juan, uno de los seguidores de Jesús. En aquel relato, el autor cuenta detalladamente cómo será el final de nuestra especie humana. No sería exagerado mencionar aquel 12 de octubre de 1492 como una fecha bisagra para los aborígenes americanos, donde su destino se vio bruscamente alterado por la llegada de ‘civilizadores’ que a su vez estaban ‘evangelizando’. Fecha por demás apocalíptica para aquellos indígenas que tuvieron la desgracia de haber sido contemporáneos a los Reyes Católicos y a todas estas expediciones, que con el correr de los años fueron marcando uno de los más terribles genocidios de la historia de nuestra humanidad.
Como bien sabemos, la mentalidad europea triunfó por sobre la de los originarios de estas tierras. Impusieron sus ideas, sus costumbres, sus normas. Tomaron el control y dispusieron desde el gobierno medidas a su antojo. Los de tez blanca fueron, ni más ni menos, quienes escribieron la historia americana. Cada nueva generación americana, podía llegar a nacer con raíces predominantemente indígenas, pero inevitablemente crecería y se orientaría hacia el viejo continente, como si fuera su sol, su alimento.
Uno no puede imaginarse qué sería de esta actualidad con un continente americano cuyo desarrollo de los últimos cinco siglos hubiera estado organizado y liderado por comunidades indígenas. Las diferencias son notables. Hablamos de dos civilizaciones completamente diferentes que juntas jamás podrían haber funcionado. Triunfó la más fuerte. Será tarea de Dios juzgar a los mutiladores de cientos y miles de familias y comunidades aborígenes que ya no están.
La sangre de los argentinos se compone, predominantemente, por la unión de indígenas, africanos y europeos. La historia argentina, si bien tiene tinte de todos los colores, la pinaron mayormente los europeos. A diferencia de varios países del mundo, la Argentina supo convivir entre la pluralidad étnica, social y religiosa, sin entrar en conflictos xenofóbicos o de discriminación grave, que suele observarse en otras naciones.
¿Por qué esta armonía? No puedo dar la respuesta, pero sí algunas aproximaciones.
Un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubrió de manera oficial unas islas que con el tiempo pasaron a conformar el centro del nuevo continente. Comenzaron siendo el ombligo de las nuevas tierras, el punto de partida de una nueva civilización, la puerta hacia un lugar desconocido… rico, novedoso, soñado. Hoy brillan por ser islas y porciones continentales de gran atractivo turístico gracias a sus playas, padeciendo economías flacas y sociedades más bien pobres, que reflejan comunidades que día a día sufren los resabios de haber sido colonias exprimidas durante varios siglos, maltratadas por dictaduras y dirigidas por gobernantes que hasta hoy parecen haber heredado aquella mentalidad explotadora, insensible y autoritaria de los primeros conquistadores.
A partir de aquel 12 de octubre, en pleno Renacimiento, cuando el hombre europeo se creía dueño del mundo, del tiempo, del espacio, del presente y del mismo destino, comenzarían a arribar cientos de conquistadores hambrientos de gloria y de aventuras de ultramar, para demostrar con hechos que se venían tiempos de grandes cambios para todos (inventos científicos, avances tecnológicos, descubrimientos de nuevas tierras).
La biblia le dedica su último capítulo al Apocalipsis, escrita por Juan, uno de los seguidores de Jesús. En aquel relato, el autor cuenta detalladamente cómo será el final de nuestra especie humana. No sería exagerado mencionar aquel 12 de octubre de 1492 como una fecha bisagra para los aborígenes americanos, donde su destino se vio bruscamente alterado por la llegada de ‘civilizadores’ que a su vez estaban ‘evangelizando’. Fecha por demás apocalíptica para aquellos indígenas que tuvieron la desgracia de haber sido contemporáneos a los Reyes Católicos y a todas estas expediciones, que con el correr de los años fueron marcando uno de los más terribles genocidios de la historia de nuestra humanidad.
Como bien sabemos, la mentalidad europea triunfó por sobre la de los originarios de estas tierras. Impusieron sus ideas, sus costumbres, sus normas. Tomaron el control y dispusieron desde el gobierno medidas a su antojo. Los de tez blanca fueron, ni más ni menos, quienes escribieron la historia americana. Cada nueva generación americana, podía llegar a nacer con raíces predominantemente indígenas, pero inevitablemente crecería y se orientaría hacia el viejo continente, como si fuera su sol, su alimento.
Uno no puede imaginarse qué sería de esta actualidad con un continente americano cuyo desarrollo de los últimos cinco siglos hubiera estado organizado y liderado por comunidades indígenas. Las diferencias son notables. Hablamos de dos civilizaciones completamente diferentes que juntas jamás podrían haber funcionado. Triunfó la más fuerte. Será tarea de Dios juzgar a los mutiladores de cientos y miles de familias y comunidades aborígenes que ya no están.
La sangre de los argentinos se compone, predominantemente, por la unión de indígenas, africanos y europeos. La historia argentina, si bien tiene tinte de todos los colores, la pinaron mayormente los europeos. A diferencia de varios países del mundo, la Argentina supo convivir entre la pluralidad étnica, social y religiosa, sin entrar en conflictos xenofóbicos o de discriminación grave, que suele observarse en otras naciones.
¿Por qué esta armonía? No puedo dar la respuesta, pero sí algunas aproximaciones.
Desde sus inicios este país creció anhelando vivir a la europea. Todo tenía que ser como era allá. Así se fue generando una mentalidad en la que el blanco era importante para el desarrollo y el de color para servir. Muchos crecieron con esa mentalidad, aún hoy vigente en muy pocos hogares. Pasaron años y generaciones hasta poder convivir todos con todos. También es cierto que los mismos descendientes de africanos, junto a gauchos y otros marginados fueron encontrando su lugar en los suburbios, mientras que los de tez clara siempre eran muy bien recibidos en los principales centros urbanos.
La Argentina es un país tan centralizado en su capital, que todo lo que nazca a su alrededor, lo hará bajo la sombra de Buenos Aires. Se habla de un país federal y queda lindo decirlo, pero la verdad es que lejos está de serlo. Esto siempre ha sido así y las provincias son como esos hermanos menores que obedecen y respetan al mayor, pero nunca lo alcanzan. Ojalá algún día trascienda una provincia por encima de esta barrera, demostrando que en el interior del país no sólo hay lindos paisajes. San Luis y Tierra del Fuego son dos provincias encaminadas a lograrlo.
No voy a negar cierto resentimiento entre quienes nacieron en las provincias del interior y los porteños (habitantes de capital). Pero lejos están de parecerse a lo que ocurre entre el norte y el sur de Italia, entre Santa Cruz de la Sierra y el resto de Bolivia e incluso entre algunas regiones españolas. Las mayores posibilidades y oportunidades giran alrededor de la capital y tanto estudiantes como familias enteras de diferentes provincias, suelen acercarse a Buenos Aires en busca de mejores horizontes.
El tema religioso juega un papel importante, ya que la Argentina es un país principalmente católico. Al no coexistir dos o más religiones en una misma nación, se reducen y mucho los eventuales conflictos, que sí vemos que ocurren en otras latitudes, como en los Balcanes o en varios países de la península arábica.
Argentina, tampoco tiene tradición bélica. Históricamente, se ha dedicado más a defenderse que a atacar y por lo general supo hacerlo muy bien. Casi todas las batallas han sido internas y el poder militar siempre ha sido muy respetado por el resto de los paises de la región. La guerra de Malvinas fue un traspié, una experiencia que da cuenta de la poca tradición bélica y de la diferencia que separa a este humilde país de las grandes potencias mundiales, con mucha experiencia y que además invierten millones de dolares en armamento y estrategia militar.
El argentino tiene más coincidencias que diferencias pero todavía le cuesta verlas. Los peores vicios y defectos que desgastan a otros países en la Argentina no se ven. Su gente todavía conserva los valores que suelen desaparecer a medida que una civilización crece. La globalización hace más fácil advertir que los problemas en la Argentina son solucionables, que no son tan profundos como algunos vaticinan y más cuando uno se detiene a compararlos con otros paises igual o más desarrollados.
No voy a negar cierto resentimiento entre quienes nacieron en las provincias del interior y los porteños (habitantes de capital). Pero lejos están de parecerse a lo que ocurre entre el norte y el sur de Italia, entre Santa Cruz de la Sierra y el resto de Bolivia e incluso entre algunas regiones españolas. Las mayores posibilidades y oportunidades giran alrededor de la capital y tanto estudiantes como familias enteras de diferentes provincias, suelen acercarse a Buenos Aires en busca de mejores horizontes.
El tema religioso juega un papel importante, ya que la Argentina es un país principalmente católico. Al no coexistir dos o más religiones en una misma nación, se reducen y mucho los eventuales conflictos, que sí vemos que ocurren en otras latitudes, como en los Balcanes o en varios países de la península arábica.
Argentina, tampoco tiene tradición bélica. Históricamente, se ha dedicado más a defenderse que a atacar y por lo general supo hacerlo muy bien. Casi todas las batallas han sido internas y el poder militar siempre ha sido muy respetado por el resto de los paises de la región. La guerra de Malvinas fue un traspié, una experiencia que da cuenta de la poca tradición bélica y de la diferencia que separa a este humilde país de las grandes potencias mundiales, con mucha experiencia y que además invierten millones de dolares en armamento y estrategia militar.
El argentino tiene más coincidencias que diferencias pero todavía le cuesta verlas. Los peores vicios y defectos que desgastan a otros países en la Argentina no se ven. Su gente todavía conserva los valores que suelen desaparecer a medida que una civilización crece. La globalización hace más fácil advertir que los problemas en la Argentina son solucionables, que no son tan profundos como algunos vaticinan y más cuando uno se detiene a compararlos con otros paises igual o más desarrollados.
El 12 de octubre de 1492 nos hace recordar ese choque de culturas entre aborígenes y conquistadores europeos. Una fecha que cambió el destino del mundo. Los españoles la llaman el día de la Hispanidad, en Argentina es el día de la raza. Lo cierto es que esa fecha marcó el final para las civilizaciones aborígenes y el principio para la expansión europea sobre América.
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