El fútbol en la Argentina no deja de sorprenderme, me cautiva y me suelta de prepo, cuando estoy adentro de un estadio me masifico, para luego sentir muchas veces una doble sensación: que trepa en pasión y me desnuda en vacío, una ambivalencia de sentimientos que para bien o mal me llevan a un estado de alerta cuando vuelvo a casa para preguntarme y repreguntarme ¿qué tiene de bueno ser hincha? ¿Qué le aporta a mi vida?, siento un tironeo desproporcionado que sacude mi rutina llana y aunque más de un vez propuse liberarme de los nervios dominicales para gambetear ese circo donde unos pocos payasos hacen malabares con mis ilusiones, termina siendo siempre inútil, porque cada domingo soy el primero en levantarse, encender la radio, leer el deportivo e ir a la cancha para alentar al club de mis amores.
Cómo no recordar aquella película "El Hincha" del gran Discepolín, cuando ‘el Ñato’ suelta una reflexión memorable en la que pregunta y dice “¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones en las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada?... ¿y el hincha qué? ¿no resuelve nada? ¿Qué sería de un club sin el hincha? una bolsa vacía, el hincha es el alma de los colores, el que no se ve, el que se da todo sin esperar nada, eso es el hincha, eso soy yo.”
¿El fanatismo del hincha es inducido o genuino? Muchos podrán afirmar que es inducido por los dirigentes del fútbol. Las cartas están en el mazo. Quienes tienen el poder, cada vez que toman decisiones, reparten las cartas y luego nosotros decidimos cómo jugarlas. Si bien nuestra decisión repercute individualmente en uno mismo, son las decisiones de los grandes nombres las que tienen verdadera importancia, las que mueven los rumbos, las que timonean este barco que es el fútbol, donde uno es un mero pasajero que disfruta (o no) del viaje.
Creo, para dar un ejemplo, que la violencia en el fútbol se puede erradicar pero la complicidad entre los protagonistas es tan fuerte que solamente será posible cuando todas las partes hagan su aporte. Me da mucha bronca cuando los mismos padres de este mal limpian sus culpas ante la comunidad de hinchas, con discursos banales e hipócritas que apuntan a esta frágil sociedad argentina como artífice de todos los daños hacia la familia del fútbol. No voy a ser tan necio en no admitir que hace falta educación. Pero la palabra ‘educación’ es tan amplia, que a algunos les conviene utilizarla como primera premisa para desligarse de sus compromisos y responsabilidades. Mi opinión es que los violentos hacen rebalsar un vaso previamente ubicado y llenado por los protagonistas oscuros que viven del negocio del fútbol. Es un juego muy sucio donde los hinchas siempre perdemos. Cuando hablo de protagonistas oscuros, me refiero al lado oculto y desleal de los jugadores, técnicos, comisiones directivas, empresarios, representantes, árbitros, policías, barrabravas, medios de comunicación, autoridades de la AFA, del gobierno y de la FIFA, entre otros.
Es así como pienso, y no creo ser el único. Me agarro la cabeza y me digo a mi mismo ¿qué necesidad hay de seguir alimentando a estos delincuentes? Leo en las noticias sobre partidos arreglados, barrabravas que viven en mansiones, policías que dejan zonas liberadas, técnicos que firman contratos bajo la condición que sus hijos (sin nivel de primera) formen parte del grupo de jugadores con presidentes que avalan este tipo de incoherencias, jugadores que no entrenan y que sin embargo cobran fortunas, mundiales arreglados, etc. Sigo profundizando en estos temas y entro en ese vacío que les mencionaba antes, que se agudiza cuando mi club es el centro de los problemas. Los resultados también movilizan al hincha y a su estado de ánimo, pero eso es otro tema.
Acá estoy, con tantos temas personales por resolver y mirando un partido de fútbol entre un equipo ignoto de Italia enfrentando a otro similar de Suiza en el que juega un argentino que participó apenas en un puñado de partidos en nuestro país, pero es argentino y me tienta a alentarlo. Salgo a la calle y mientras espero que el semáforo se ponga en verde me distraigo viendo un picado en la plaza entre unos pibes que probablemente se ratearon del colegio. Hago un par de cuadras, un local que vende televisores llama mi atenci
ón mostrando en sus 10 televisores goles de Batistuta en la Fiorentina y me detengo por un rato a disfrutar del pasado. No pasa un minuto que escucho a mi lado un paseador de perros que dice ‘qué grande el Bati, cómo lo extrañamos’, comentario que hace reaccionar a un jubilado que mientras acomoda sus anteojos le responde ‘extraño al loco Houseman, Angelito Labruna, Marito Kempes, Mamucho Martino, esos tipos sí que nos hacían divertir’.
En un país tan futbolero como el nuestro, la voluntad del hincha está por encima de todas las cuestiones extrafutbolísticas. Al hincha no le importa si Orteguita manejó borracho o si llegó tarde al entrenamiento, solamente le interesa ver jugar a su equipo el domingo. El hincha quiere desahogarse en la tribuna, depositar en sus colores las frustraciones o los anhelos jamás alcanzados, unir en un solo canto las voces de miles de ilusiones. El hincha disfruta del folclore barrial, las cargadas de la semana, ganar los clásicos. Podrán inducirlos en Estados Unidos pero en Argentina la mayoría de los hinchas llevamos esa pasión en la sangre y aunque los de arriba tienen el timón en la mano, en Argentina todos nos queremos subir al barco, porque lo que uno siente en las tribunas no se compara con nada en la tierra, aunque bien sabemos que es un viaje peligroso y no todos los barcos son lo que parecen.
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